Una historia con espíritus fuerzas y "vaquilloncitas"
Una historia con espíritus fuerzas y "Vaquilloncitas":
Todo comenzó en un charla con un amigo allá por mayo del 2026, cuando me pidió observar cómo criamos vacas en la montaña, aquí en Mendoza, cerquita de esta
tierra donde vivo. Como siempre estoy creando no le esquivé al bulto, acepté el convite. Recurrí a mi alforja de
conocimientos en el tema ganadería: no es grande, pero sí suficiente como para que al menos engorden los animales; porque nació de lo aprendido
desde chico, y Lo que se aprende temprano no se olvida fácil, queda marcado, como
el efecto del destete en un ternero. Mi vida rural siempre estuvo ligada a mis estudios, emprendimientos con amigos y
parientes, entre gallinas, vacas y ovejas, mientras tanto me ocupaba de otras
cosas. Hablando de mendoza...Mendoza tiene para mí un significado profundo: porque ya es parte
permanente de mi vida, lugar desde donde mi padre hombre nacido en otros
paisaje, el del río y hecho en mares, tomó impulso para elevarse al otro plano de la
vida desde un lugar más alto; y al estar yo, de mis hijos y mis nietos, de mi
compañera, junto a esa humanidad comunitaria cercana de personas del pueblo.
Ciertamente, se siente la unión del ser
humano con la naturaleza y con el espíritu poderoso de la montaña. Ese espíritu
del piedemonte mendocino que te acaricia la jeta con mano áspera de abuela
trabajadora, con olor del secano agreste mezclado con una ilusión aromática de
contener agua de arroyos, vegas y vertientes, sazonado con aromas de coirones tomillo
y jarilla. Es una presencia inmensa ese espíritu, de tal magnitud que obliga a
mirar hacia arriba y que te deja siempre como arrodillado y sin aire; y yo, que vengo de muchos lugares y aprendí de
observar a los espíritus de cada sitio, el
del mar, el del río, el del cemento de las ciudades del hombre, entendí que
cada sitio tiene su fuerza y que esa fuerza forja destinos, después de tantos años de observar la montaña aprendí
a interpretar los murmullos de su aliento, un viento a veces suave, a veces con
atronadores rugidos, contándote cuitas de su naturaleza y que subrepticiamente te
sugieren: “sos todo y sos nada, ni
pequeño ni grande, apenas una partícula de tantas que arrastro en mi camino, de
tierrita y arenilla, a lo sumo, abono, semilla”.
!ahhh¡ perdón, disculpen, llega una edad en la que uno se dispersa en lo trascendente. Con el tema de las vaquilloncitas La cuestión comenzó así: calculando pastura kilos y hectáreas.
Las
subimos del secano del fín del invierno al verdeo de vegas y mallines. Iban nerviosas, como quien no sabe a dónde va pero presintiendo algo bueno, hasta que
olfatearon el pasto verde, solitas apuraron el paso, siempre se apura el paso cuando se percibe lo bueno de la vida.
Y la historia comenzó…
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