El estertor
Conforme evoluciona la hipercomunicación asociada a la universalización del acceso al conocimiento, comienzan a percibirse cambios profundos en la relación del ser humano con sus inventos exclusivos: el dinero, el poder direccionado y el consumismo.
Los estertores de una era se hacen evidentes cuando una minoría consolidada, ya sea fundamentalista terrorista, woke o conservadora— exacerba su exposición para destacarse. Sin duda, estos tiempos tienen características hiperextrovertidas, muy ruidosas y, en algunos casos, extremadamente violentas. Se trata de un espectro variopinto que se manifiesta como un show de liberación o de limpieza de un sistema.
Cada ideario cultural-geopolítico Occidente, Medio Oriente y Oriente, se ve atravesado por el impacto de la interculturización.
En esta era exponencial de imágenes y actitudes egocéntricas, impulsada por una aceitada maquinaria audiovisual gratuita que genera ganancias monetarias o avances para regímenes en busca de dominio, las personas exponen sin pudor sus necesidades más íntimas, materiales, espirituales, de género y reproductivas:
"Si no soy rico, soy nadie"
"Debo sojuzgar eliminar matar a quien no se someta a mi Dios".
"No tendré hijos: "serán un estorbo para mi realización".
"Podemos prescindir de un género o sojuzgarlo".
Una gran parte de la humanidad se nutre de estas manifestaciones, sometiendo su psiquis a fuerzas de pensamiento que generan egoísmo y crisis existencial: el abismo de darse cuenta de que la vida útil, divertida, productiva y reproductiva, con capacidad física para sobrellevarla sin mayores problemas de salud, se reduce aproximadamente a la mitad de nuestra existencia.
Este conjunto de influencias genera una necesidad, desde moderada hasta desesperada, de tenerlo todo, o al menos todo lo posible, de la manera que sea y en la mayor cantidad, proporcional al esfuerzo realizado, sin importar moral, ética ni valores acumulados.
Todo estertor tiene su final: sea por la muerte de quien lo padece, por el descubrimiento de la cura de su causa, o por el hartazgo de una agonía epiléptica provocada por la sobredosis de sensaciones que liberan endorfinas de felicidad a través del consumo excesivo y la ostentación del éxito (medido por el bling bling de oro que colgamos en nuestro orgullo).
El punto culminante de este fenómeno llegará cuando la era tecnológica de la IA que apenas comienza y sustituye recursos humanos, elimine la necesidad del esfuerzo para obtener dinero y, con él, las posesiones materiales. Entonces dará paso a un nuevo constructor de vanidades: el ostentar un estatus basado en el bien más preciado por el poder actual, el dominio del conocimiento.
Todo parece converger hacia ese punto, aunque el camino no será necesariamente lineal ni armónico. Tampoco está garantizado que se logre, pues existe la posibilidad de que el egoísmo consumista se convierta en una pandemia tan devastadora que interrumpa el ciclo vital y el equilibrio evolutivo, condenándonos a un suicidio colectivo consciente: extinguirnos felices, comiendo helado de chocolate en una mansión de 5000 m², con mil millones de seguidores en redes sociales.
Deseo sueño y propongo al humano en el que habitamos:
que la abundancia material forzada por la automatización libere tiempo y energía para formas más elevadas de realización humana (creatividad, contemplación, vínculos profundos, exploración científica o espiritual).
Construir marcos culturales y éticos que redirijan la pulsión de estatus hacia fines no destructivos.
Dicho esto descansa tranquilo mi pensamiento, transitoriamente.

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