"como antes"

Mi amigo Luis, acérrimo enemigo de la IA, las aplicaciones y lo robótico, me dijo:

—Es el fin del ser humano.

—¿No será mucho? —le respondí.

—Vas a ver —me dijo.

—Pero, Luis, tenemos casi noventa años. ¿Qué vamos a ver? —le dije riéndome, mientras se me aflojaba la dentadura postiza.

Quedó mirándome fijo, con esos par de ojos enormes, sin pestañear, ojos que se veían grandes por el aumento de sus lentes.

Ante su mirada y su silencio, reflexioné: si no le respondo con una pregunta, se me va a enojar el gallego.

—Luis, decime —qué —me respondió seco y medio encabronado— ¿tiene solución esto que decís?

La pregunta distendió la tensión del momento. Dos viejos chotos peleándose son peor que dos niños discutiendo sobre si los Reyes Magos existen y tienen sexo.

—Carlos, tenemos que volver a ser como éramos antes —entendeme...

—¿Cómo éramos antes? interrumpí ... ¿Cuál antes, Luis?

—¡Antes! —dijo Luis en tono bajito, lleno de remembranza—. Antes, cuando jugábamos al fútbol hasta que caía la tarde; antes, cuando cocinábamos batata en las brasas de la fogata... Antes, cuando el almacenero anotaba en la libretita y fiaba; antes, cuando en verano se sentaban los vecinos hasta tarde en la vereda; antes, cuando escuchábamos el relato del partido en la radio porque no había televisión... Antes, cuando...

—Sí, Luis, ya entendí, ya entendí. Cálmate y discúlpame que me riera de tu idea. ¿Vos decís que si ese «antes» vuelve, todo cambiará?

—Seguro, Carlos, seguro. Date cuenta: habría gente más buena otra vez; el policía sería más respetado y el ladrón le tendría miedo...

Decidí terminar con la conversación. Seguramente, después de la pregunta que le iba a hacer —¿cuál antes? ¿el antes de la guerra, los campos de concentración, las matanzas, las persecuciones?—, la consecuencia de mi respuesta sería que nunca más me hablaría. Nunca más. Yo lo conozco hace más de ochenta años; es un Favaloro que no se suicidó.

Recuerdo cuando Luis llegó a la chacrita del ranchito de adobe. Tenía en su cabeza una gorra pasamontañas de esas con la protección de lana en las orejas, pantalones cortos con tiradores sobre una camisa abrochada hasta el cuello, tres talles más grande que el suyo disimulado por una bufandita deshilachada. En sus pies, borceguíes de cuero sin medias.

Yo vivía enfrente, en el almacén de ramos generales de mi abuelo, donde mi padre organizaba en el galpón del fondo riñas de gallos. Lo veía inquieto al galleguito. Luis era fornido y dispuesto; no permitía que su madre hiciera fuerza con las valijas. Su padre, con un solo brazo, tampoco podía mucho. Él y su hermano Sebastián eran dos burritos de carga. Sebastián era enorme, con una espalda hecha a hombrear bolsas.

Mi abuelo y mi hermano salieron de la casa y cruzaron la calle de tierra. Solo dijeron: «Buen día, les damos una mano», no como pregunta; fue como una orden que se dieron a sí mismos. Los padres de Luis solo respondieron: «Buen día», un buen día humilde pero digno. Y todos juntos bajamos de un santiamén todo del carro, que venía repleto hasta el pecho con muchos ataditos.

Mamá, doña Elvira para el pueblo, apareció al ratito, cuando ya habíamos entrado todo en la casa. Apareció con una canasta llena de empanadas, una jarra de agua, y le entregó la bota de cuero con vino que tenía cruzada en el hombro a mi padre, «el gallo Bertoldi». Como cuarenta empanadas había, casi todas de las que hacía la abuela Herminia sentada en su silla de ruedas para vender en el almacén. Guapa la vieja.

Mi abuelo Severo Bertoldi, mi padre y el padre de Luis, don Marcial, se retiraron unos metros y cuchicheaban cosas que no logré escuchar, mientras tomaban unos tragos a chorro de la bota de vino de cuero.

Mi madre saludó a doña Carmen, la madre de Luis, y le dijo medio en voz baja, como si estuvieran rodeadas de personas:

—Te espero mañana a la mañana. Vení a buscar unas cosas que te van a servir.

Eso sí escuché. Y otra cosa que no entendí y nunca supe, pero creo que fue importante, porque vi que doña Carmen le agarró las manos a mi madre muy fuertemente, dándole sacudoncitos y acercándolas hacia su pecho, respondiéndole en silencio con un casi inadvertido «sí», cerrando los ojos e inclinando la cabeza.

El hermano de Luis comenzó a sacar para afuera cajones y cosas viejas que había en esa casa, por largo tiempo sin ocupar: la casa de la familia Brailovsky, que la cambiaron por animales, unas vacas lecheras, a instancias de mi abuelo, que financió la operación de su amigo y socio de «importación de mercaderías a cruce de bote», el «paisa» Moisés, y que por eso se ganó una buena comisión, pues habían comprado campo los Brailovsky y necesitaban garante.

Los padres de Luis la adquirieron a distancia —la casa de los Brailovsky—, sin siquiera verla, desde España, a través del Vasco Irazusta, medio hermano del primo que era primo de doña Carmen, intermediario de las necesidades de los inmigrantes que se escapaban de la guerra civil, esposo de mi madrina, doña Clementina, la curandera del pueblo, hermana del tano Rinaldi, un eximio acordeonista, organizador y animador de quermeses de recaudación de fondos para los italianos venidos de Europa... «El Tano Rinaldi y Los Tarantela»...

—¡Eh, Carlos! ¿Por dónde andás?... Te estoy hablando y ni me escuchas...

—Estoy bien, gallego. Oíme, ¿te acordás del Tano Rinaldi, Luis?

—¡Cómo no me voy a acordar! Con noventa años vino a animar mi casamiento... ¡y no me cobró un solo peso! Bueno, no me cobró; se llevó tres lechones de la chacra de mi hijo para hacer la rifa del club italiano de fin de año... ¿En qué año fue eso? Bue... ¿Sabés quién ganó un lechón?

—No me digás que te acordás de quién ganó el lechón...

—¡Y cómo no me voy a acordar! Se lo sacó el Tape Ahumada. ¿Y sabés qué hizo el negro? ¡Lo llevó al hospital! Estaba internado el padre y lo repartió con los enfermeros la noche del 24, e hizo meter un cajón de cerveza por atrás de la guardia. Me llamó el comisario, cagándose de risa. Yo estaba cubriendo la suplencia del director, que se había ido a un simposio médico... Menos mal... Te decía, me llamó el comisario dándome la noticia de que había recibido el parte del policía que estaba de turno cuidando un preso internado, el Chun Robledo, que lo agarraron en modo abigeato, y le informó del asunto...

—¿Y vos qué hiciste?

—Manoteé dos pan dulces de la alacena, los puse en el auto y me presenté en el hospital. El comisario me estaba esperando en la puerta. Entramos y el policía de guardia nos dijo que estaban todos en el pabellón.

—¿En el pabellón de internados? —le pregunté.

—Sí —contestó el policía, haciendo taconear los zapatos y haciéndome la venia.

El comisario me miró y me dijo, guiñándome el ojo:

—¡Proceda, director suplente!

Y rumbeamos para el pabellón, con el policía que se puso adelante sacando pecho... Y ahí estaban enfermos y enfermeros, y dos médicos de guardia nuevitos; uno era mi sobrino, el hijo de mi finado hermano Sebastián, que dijo:

—Tío... ¿qué digo?... Director...

Los miré serio a todos durante unos segundos y mostré el pan dulce que llevaba oculto en la mano, en mi espalda...

—Luis... —dije medio conteniendo lágrimas interrumpiendo el relato.

—Sí, decime, Carlos. ¿Qué te pasa? ¿Te sentís bien?

—Nada, Luis, nada... Te iba a decir una cosa horrible, Luis, en serio, pero ¿sabés por qué no te la digo ni te la voy a decir?: es porque tenemos que volver, sí... que volver a ser como éramos antes. ¡De acá adentro, bien adentro, del alma

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